El político moderno se preocupa más por su imagen que por el contacto directo con sus electores.
Paola Hincapié Llano
Profesora
Unos miran como buscando el limbo, otros simulan no tener las arrugas de la experiencia en el rostro y simbolizan la transparencia en sus ojos gracias al azul impávido que se le agradece al Photoshop… Otros prefieren estar rodeados por un halo de luz que simule su aura; un “gallo” estético con el que debe contar cualquier póster que intente simular la santidad. Son las vallas, esas moles de lata que se ubican en las alturas de edificios y posan imponentes sobre esquinas de barrio y que últimamente bordean las avenidas de Medellín.
Mirar hacia atrás, hacia la plaza pública, donde las voces quebradas y el “encanto” NATURAL del político de turno, eran las únicas herramientas con las que contaba el sujeto en cuestión para darle a entender a los asistentes que con su voto él podría dar solución a tantos problemas que aquejaban a los ciudadanos. Jorge Eliécer Gaitán con su perfil indígena nunca fue tentado a posar en fotografías diferentes a las que eran obturadas durante sus discursos de voz en pecho y que trasmitían la fuerza de sus discursos. Tal vez Simón Bolívar cayó en la tentación con los pintores más famosos de su época para que lo retrataran entre pinceles que no hicieran mella en su apariencia y lo dejaran con una imagen napoleónica para la historia.
El complemento entre el slogan de la campaña, la pose, el partido al que se pertenece y el número a marcar; son los retos para publicistas que deben jugar con los espacios. No debió ser fácil para aquél que tuvo que acudir al concepto de evolución, y contar con el artilugio de colocar, en el cuerpo del ya clásico homo sapiens, el rostro de alcaldes anteriores y mostrar en full pantalla al candidato con su imagen renovada. O está también la poca coherencia entre el mensaje y la imagen que se proyecta: “Manos a la obra” reza una de las campañas y el candidato aparece de brazos cruzados. Y otros son más osados, tanto, que aseguran ser el pincel en las manos de Dios para escribir el futuro de Medellín desde el Concejo de la Ciudad.
La imagen de los personajes públicos es importante en Colombia: ser bonito, o por lo menos aparentar y hacer el esfuerzo para serlo, es lo que demuestran otras votaciones, las de los realities; tal vez esa sea la razón por la que muchos de los candidatos prefieren someterse a los pinceles electrónicos y a las poses que los hagan parecer el vecino, el amigo, el hombre afable y trabajador de mangas recogidas; o la mujer con mirada profunda a blanco y negro, pero sin dejar a un lado cierta coquetería con la cámara. Y está quienes acuden al clásico juego de palabras, como el que asegura estar “Poblado de ideas”, eso sí, con la camisa morada, color que está de moda, factor muy propio para su público objetivo.
Así posen con artistas famosos, así parezcan ser amigables, así se quiten unos cuantos años gracias al filtro “Resplandor difuso” de Photoshop; es válido recordar que ya muchos después de ser elegidos les pasa lo de la carroza que transportó a Cenicienta después de la media noche: el hada madrina ya no está, no pueden llevar a su ocupante a su destino y los grandes corceles quedan convertidos en las mismas ratas de siempre.