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Déjenos envejecer serenamente

Déjenos envejecer serenamente
Medellín

Nuestra sociedad es amiga de una gran contradicción: le exige a los niños que sean adultos antes de tiempo y a quienes envejecen, que sigan montados en el tren de los afanes como si fueran jóvenes. Con respecto a esto último, en una sociedad decente, el envejecer es considerado como un acontecimiento que merece respeto y, en ese sentido, se reivindica el envejecer que se realiza con calma y serenidad.

En el mundo laboral, se irrespeta y se atenta contra el sereno envejecer de múltiples maneras:

El partir de la idea que quienes envejecen no saben nada, como si los años vividos no hubiesen sido una valiosa escuela de aprendizaje desde la que pueden enseñarles a los jóvenes que recién comienzan. A manera de ejemplo, hay un conocimiento que de por si es valioso y que encarnan estas personas: la historia de la organización y hasta del mismo oficio, lo cual es fundamental para establecer la memoria histórica de ambos.

Otra acción que también atenta contra el sereno envejecer, es que a los “viejos” se les exige duramente como si estuvieran empezando su vida laboral: que tienen que estar al día en múltiples técnicas; que tienen que aprender otros idiomas; que deben iniciar nuevos y prolongados procesos formativos, y mil cosas más, dizque para que sigan siendo competitivos, porque si no, les sacan a relucir aquello que “viene un joven a realizar su trabajo y usted se tiene que ir para el parque a alimentar a las palomas o a gorrear revistas al almacén más cercano”.

Muchos gerentes, en especial jóvenes, llegan a renovar al personal como si se tratara de su propio ropero: a los que se están haciendo viejos, los hacen a un lado si se niegan a subirse al ritmo de las agendas repletas de actividades, al manejo simultáneo de tres celulares y cinco reuniones, almuerzos y comidas to dos los días por fuera del hogar porque siempre hay una actividad que impide el ir a gozar de la mesa hogareña. Es más, algunos de estos gerentes manifiestan públicamente que hay que salir de los “viejos” para contratar jóvenes solteros, sin hijos y con plena disponibilidad para laborar veinticuatro horas los siete días de la semana.

En las organizaciones también se atenta contra la serenidad de quienes van ganando años, cuando se les trata groseramente, olvidándose que las “canas”, cuando están revestidas de sabiduría, merecen un trato digno, que de no darse, debe acarrear, como sucede en sociedades donde el respeto es una práctica cotidiana, una sanción social.

Nuestra sociedad, en aras de la justicia, debe comprender que si bien quienes van envejeciendo tienen el derecho y el deber de seguir aprendiendo con el fin de mejorar sus capacidades y competencias, y de realizar su trabajo con la calidad que la organización requiere, se les debe respetar y garantizar el placer que supone bajarse del tren de los afanes y de las angustias, para que desde la serenidad que dan los años, asuman la hermosa tarea de enseñarle a las nuevas generaciones lo mucho que saben.

Por favor, dejen que los niños se conviertan en adultos a su debido tiempo y a nosotros, déjennos envejecer serenamente.

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