Que no haya pista para tantas avionadas

 
Los más necesitados

En nuestra sociedad denominamos “avionada” a esa acción maliciosa con la que buscamos obtener un provecho propio engañando al otro. Hacemos una “avionada” cuando nos apropiamos del parqueadero que le corresponde a quien llegó antes que nosotros; cuando logramos burlar los controles y acceder a un evento al que no estamos invitados y, por consiguiente, no tenemos la respectiva tarjeta o pase de invitación.

Así sean reprochables, las “avionadas” casi siempre son celebradas por quienes las observan y le provoca un gran orgullo a quien las comete. Es más, en la televisión alguna publicidad se sirve de historias en las que las protagonistas son descaradas “avionadas”: por ejemplo, un cable operador promociona su servicios mediante una situación en la que se presenta a un joven que trata de convencer a su amor para que adquieran los servicios de ese cable operador porque según él, transmite las telenovelas que a ella le fascinan, pero en seguida queda en claro que su gran interés radica en la cantidad de fútbol que en él se transmite. Cuando se ve el comercial, la pregunta es ¿por qué no le confiesa, en aras de la transparencia y con el ánimo de generar confianza, que su real interés no es tanto que ella vea sus telenovelas como si el que él pueda ver mucho fútbol? Sin lugar a dudas, una típica “avionada”.

En las organizaciones, las “avionadas” cuentan con cielos abiertos: los empleados las hacemos para que al compañero le toque el horario de trabajo que tanto nos disgusta; las practicamos para que la tarea que nos indispone o que no hemos podido cumplir la asuman otros; las cometemos con el fin de acceder a algún cargo para sacar provecho personal, inclusive sin importarnos que se presente un conflicto de intereses. En otras ocasiones, es la propia organización la que comete las “avionadas” contra sus empleados: las “letras pequeñas” de los contratos; la toma e implementación de decisiones que no son buenas ni justas y que impacta negativamente sus vidas, entre otras.

Entre la lista de las “avionadas” hay una que se lleva el primer puesto: la del gran “avión” que logra posicionar en alguna instancia de poder al que le conviene, digamos a su gran controlador aéreo, para asegurarse de que sus futuras “avionadas” tengan la pista libre.

Con esos aviones que cuando menos vuelan son más rápidos que cualquier avión de combate y que tienen postgrados en hacer “avionadas” pasa algo bien curioso: les duele, entran en cólera, cuando es a ellos a quienes se las hacen. Pero entonces, si tanto les molestan ¿por qué se las hacen a otros?.

Las “avionadas”, y esto es lo más preocupante, generan un clima de desconfianza que lleva a que todos desconfiemos de todos y que siempre indaguemos hasta el cansancio para estar seguros que no nos están haciendo una “avionada”. Pero lo más triste, es que quien no las hace, quien siempre es transparente en sus intenciones y con sus acciones, queda como el más “bobo” de todos.

Si realmente queremos organizaciones, no más humanas sino realmente humanas, debemos empezar por cerrarle la pista a las “avionadas” y a los “aviones” que las hacen. ¿Será posible?

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