Agencia de Noticias UPB – Medellín. Cada vez que inicia un Mundial, una Copa América o un torneo importante, afloran expresiones que describen al fútbol como una religión. La pasión de los hinchas, sus rituales antes de los partidos y la devoción hacia sus equipos no hacen más que acrecentar esta idea. Sin embargo, para Hernán Darío Gil, antropólogo, filósofo y profesor de la Escuela de Teología, Filosofía y Humanidades de la UPB, se trata de una comparación que hay que matizar, ya que, si bien ambos fenómenos comparten algunos elementos culturales y simbólicos, existen diferencias esenciales que impiden ponerlos al mismo nivel.
Una de las razones por las cuales el fútbol suele asociarse con la religión es que ambos se apoyan en estructuras y emociones profundamente humanas, por ejemplo, la dualidad, una característica presente en la mayoría de las tradiciones religiosas y que también es la base de prácticamente todos los juegos.
Desde esta perspectiva, el fútbol replica un sistema de opuestos en el que aparecen vencedores y vencidos, amigos y rivales. Además, moviliza emociones colectivas mediante celebraciones, cantos, símbolos y encuentros masivos que fortalecen el sentido de pertenencia a “algo” de quienes comparten una misma afición, puesto que como indica Hernán: “Toda religión vive de la farra, de la fiesta, del jolgorio, de la música. Pues si uno va a un partido de fútbol y nadie grita y nadie dice nada, no fuiste a nada. El fútbol moviliza todo eso”.
El investigador también señala que ambos fenómenos construyen tiempos extraordinarios. Así como las religiones tienen celebraciones especiales que rompen la rutina cotidiana (tiempos ordinarios), los grandes eventos deportivos transforman durante algunos días la vida de millones de personas y se roban toda la atención colectiva.
Sin embargo, pese a estas similitudes, sostiene que el fútbol no puede ser considerado una religión en sentido estricto porque carece de elementos fundamentales que históricamente han definido a las religiones: “Una religión debe tener creencias, ser comunitaria, tener rituales, tener mandamientos y tener una escritura sagrada. El fútbol no tiene algunas de estas”.
Otro de los argumentos planteados por el experto tiene que ver con la presencia de un dios dentro del propio universo futbolístico. En países como Colombia es frecuente que los jugadores se persignen antes de un partido o agradezcan a algún dios después de marcar un gol. Paradójicamente, para Hernán, este comportamiento demuestra que el fútbol no ha reemplazado a la religión y, por lo tanto, no es una religión en sí mismo:
La diferencia se hace más evidente cuando se observan contextos culturales distintos. Mientras en buena parte de América Latina los deportistas suelen atribuir sus éxitos a la ayuda divina, en sociedades más seculares las explicaciones suelen relacionarse con el entrenamiento, la disciplina o las capacidades físicas y tácticas.
Para el investigador, esto demuestra que muchas veces no es el fútbol el que se comporta como una religión, sino las sociedades las que trasladan sus creencias religiosas al escenario deportivo. Por eso, concluye, el fútbol puede compartir símbolos, rituales y emociones con las religiones, pero cumple una función diferente dentro de la experiencia humana.
Por: Juan José Marín Torres - Agencia de Noticias UPB
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