Agencia de Noticias UPB - Medellín. Hay sitios que superan la noción del tiempo porque no solo educan a los profesionales, sino que también generan relatos de vida. Durante 90 años, la Universidad Pontificia Bolivariana ha sido el escenario de innumerables encuentros que han influido en el rumbo de numerosas generaciones. Entre esos encuentros, destaca el de una familia que ha hallado en la Universidad algo más que un simple lugar de estudio o trabajo: un auténtico hogar.
Todo comenzó hace muchas décadas, cuando Gustavo Adolfo Ortiz Cano, siendo solo un niño, llegó a la UPB para dar inicio a su proceso educativo. Ese inmenso campus, que al principio resultaba abrumador, se transformó en el espacio donde creció, adquirió conocimientos y descubrió su pasión. A lo largo de los años, la Universidad no solo lo capacitó como profesional, sino que también le brindó oportunidades para contribuir desde diversas áreas, forjando una carrera que aún perdura.
Pero detrás de esta historia universitaria hay un origen aún más profundo. Gustavo recuerda que todo comenzó con la visión de su padre, un hombre con apenas una educación básica, pero con una convicción enorme sobre el futuro de sus hijos:
Mientras tanto, Jaqueline María Ossa Henao también escribía su propia historia en la Universidad. Como estudiante, trabajadora y egresada, encontró en la UPB un lugar que marcaría profundamente su vida, sin imaginar que allí también encontraría el amor.
Fue en uno de los buses de la ruta universitaria donde sus caminos se cruzaron. Lo que para muchos era simplemente el recorrido diario entre Itagüí y la Universidad, para ellos se convirtió en el inicio de una historia que cambiaría sus vidas para siempre. Entre conversaciones, sonrisas y la rutina compartida de cada trayecto, nació un sentimiento que con el tiempo se transformó en un proyecto de vida.
Aquellas rutas no solo transportaban estudiantes y colaboradores. También acercaban personas, construían amistades y, en este caso, unieron dos corazones que años después llegarían al altar para formar una familia.

Para María Clara, ser parte de la UPB representa también una oportunidad para construir su propia historia dentro de la institución:
Sus palabras reflejan cómo aquel legado familiar no se limita a llevar el apellido de una familia bolivariana, sino que se transforma en participación, compromiso y sentido de pertenencia.
Para esta familia, la Universidad ha sido testigo de los momentos más importantes de su historia: el aprendizaje, el crecimiento profesional, el servicio, el encuentro, el matrimonio y ahora la formación de una nueva generación. Cada integrante ha construido un camino propio, pero todos comparten un mismo sentimiento: un profundo amor por la Universidad Pontificia Bolivariana.
Porque hay familias que heredan apellidos, tradiciones o profesiones. Ellos, además, han heredado el orgullo de ser bolivarianos.
Su historia demuestra que la UPB no solo forma profesionales comprometidos con la sociedad, también crea lazos que perduran en el tiempo, fortalece familias y convierte los encuentros cotidianos en recuerdos imborrables..
Hoy, mientras celebramos los 90 años de la Universidad Pontificia Bolivariana, historias como la de esta familia nos recuerdan que el mayor legado de una institución no está únicamente en sus aulas, sino en las vidas que transforma, en los sueños que impulsa y en los vínculos que nacen bajo su sello.
Porque algunas historias comienzan con una clase. Otras, con un primer día de universidad.
La de esta familia comenzó con una visión de educación que nació en un padre, continuó en la UPB, encontró el amor en un bus rumbo a la Universidad y hoy sigue creciendo en sus hijas… una historia que, generación tras generación, nunca ha dejado de recorrer el mismo camino.
Por: Maria Camila Henao Cañas - Agencia de Noticias UPB - Medellín.
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