Durante cuatro décadas, Medellín cambió de edificios, vías, sistemas de transporte y formas de recorrer el centro. Pero hay algo que permaneció en el mismo lugar: una escultura de Fernando Botero que pasó de ser una obra instalada en el espacio público a convertirse en una referencia para quienes viven y transitan la ciudad.
Tomada de El Colombiano
“Nos vemos en La Gorda”. La frase, que durante años sirvió para acordar un punto de encuentro en el centro de Medellín, explica parte de la relación que la ciudad construyó con esta obra. Para Diego Andrés Bernal Botero, comunicador social, historiador y docente del Programa de Historia de la UPB, la llegada de la Gorda en 1986 ocurrió en un momento en el que el centro atravesaba transformaciones que modificaron su paisaje urbano.
En esos años, la ciudad construía La Alpujarra, avanzaba en la apertura de la Avenida Oriental y comenzaba las obras del Metro de Medellín, procesos que implicaron demoliciones, cambios en las vías y modificaciones en la estructura tradicional del centro. En medio de esas transformaciones, la escultura permaneció en el entorno del Parque Berrío, junto al Banco de la República.
Para Bernal Botero, la relación entre la obra y el Metro es incluso anterior a su inauguración. “La Gorda fue la madrina del Metro”, afirma. La escultura estuvo allí durante las obras, vio la transformación del sector y permaneció como un “testigo mudo” de los cambios que experimentó la ciudad.
Antes de que existieran los teléfonos celulares y las aplicaciones de mapas, las personas se orientaban a partir de lugares reconocibles. En ese contexto, La Gorda adquirió una función que trascendió su condición de escultura.
Margarita Restrepo, coordinadora del Programa de Historia de la UPB, considera que los 40 años de la escultura permiten mirar más allá de la obra y preguntarse por la relación entre patrimonio, memoria y espacio público. Su ubicación en el Parque Berrío resulta significativa porque este lugar ha concentrado durante diferentes momentos de la historia de Medellín actividades religiosas, políticas, comerciales, financieras y de transporte.
Desde esta perspectiva, la decisión de ubicar allí una obra de Botero también responde a una concepción del arte como parte de la vida cotidiana. Restrepo destaca la idea del maestro Fernando Botero de llevar sus esculturas a espacios abiertos, como una forma de construir un “museo sin paredes” y permitir que el arte estuviera al alcance de los ciudadanos.
La apropiación de la obra terminó dándole un significado que va más allá de su autor. Hernán Gil Pantoja, quien fue director del Área Cultural del Banco de la República hasta 2001, recuerda que La Gorda fue la primera escultura que Fernando Botero donó a Medellín.
Su llegada marcó, según Gil Pantoja, el inicio de una relación entre la ciudadanía y la obra. Al tratarse de un regalo del artista para la ciudad, los habitantes comenzaron a sentirla como propia. Con el tiempo, esa apropiación permitió que la escultura adquiriera nuevos significados.
Gil Pantoja relaciona la figura de La Gorda con la bonanza, el crecimiento y la fortaleza de Antioquia, pero también con la imagen de una “matrona antioqueña”: una mujer que representa la familia, la historia y un papel central en la construcción de la sociedad regional.
Tomada de El Colombiano
Después de cuatro décadas, La Gorda comparte el centro de Medellín con nuevas construcciones, sistemas de transporte y otras obras del propio Botero. En el Parque San Antonio están algunas de sus “hermanas” y el Museo de Antioquia conserva una parte fundamental de su obra. Sin embargo, para Bernal Botero hay una diferencia: la escultura del Parque Berrío fue la que se incorporó primero a la cotidianidad de la ciudad. “Llegaron más esculturas de Botero, pero La Gordita sigue siendo La Gordita de nosotros los habitantes de Medellín”, manifiesta.
Su permanencia también muestra que no todas las intervenciones urbanas consiguen ser apropiadas de la misma manera por quienes habitan una ciudad. Para Bernal Botero, el caso de La Gorda fue particular porque logró incorporarse a la geografía urbana y a las prácticas cotidianas de los medellinenses.
Hoy ya no es necesario decir “nos vemos en La Gorda” para encontrarse. Los teléfonos celulares y las aplicaciones permiten compartir una ubicación con precisión. Sin embargo, la escultura conserva otra función: permite reconocer el lugar y recordar cómo ha cambiado.
La Gorda ha visto llegar el Metro, el tranvía, nuevas edificaciones y distintas intervenciones en el centro. También ha permanecido mientras cambiaban las maneras de recorrer y entender Medellín.
“Así hayan pasado 40 años, no ha cambiado de moda”, dice Bernal Botero. Y quizás allí está una de las claves de su permanencia: más que una escultura que la ciudad aprendió a mirar, La Gorda terminó convirtiéndose en un lugar desde el cual Medellín aprendió a reconocerse.
Por: Katerine Luna Londoño, Agencia de Noticias UPB
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